Un mediodía soleado y cálido de mediados de noviembre, entre semana. Una terraza en el parque de al lado de casa. Pipas, cerveza y poesía. Las pipas no tan buenas como las de Espanha, pero pipas al fin y al cabo; la cerveza, una imperial de Sagres; y una antología poética, la de Rimbaud. Qué más se puede pedir?
Tener 21 anhos. Y estar en Portugal.
Sensación
En las tardes azules del estío, por el sendero iré, picoteando por los trigos, a pisotear la hierba menuda: Sonhador, su frescura, en mis pies sentiré y dejaré que el viento banhe mi cabeza desnuda.
Ni hablaré, ni en nada pensaré: pero un infinito amor en mí sentiré arder y al igual que un bohemio, lejos, muy lejos, iré, por el campo- feliz como con una mujer-.
Arthur Rimbaud.
Y esta es la entrada número 100 de Palabras para bibliófagos.
Goyo, hazte la idea de que lo estás leyendo en mi monísima habitación de Évora.
Érase una vez, en la ciudad de Bagdad, un criado que servía a un rico mercader. Un día, muy de manhana, el criado se dirigió al mercado para hacer la compra. Pero esa manhana no fue como todas las demás, porque esa manhana vio allí a la Muerte y porque la Muerte le hizo un gesto.
Aterrado, el criado volvió a la casa del mercader.
- Amo, le dijo-, déjame el caballo más veloz de la casa. Esta noche quiero estar muy lejos de Bagdad. Esta noche quiero estar en la remota ciudad de Ispahán.
- Pero, por qué quieres huir?
- Porque he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho un gesto de amenaza.
El mercader se compadeció de él y le dejó el caballo, y el criado partió con la esperanza de estar por la noche en Ispahán.
Por la tarde, el propio mercader fue al mercado, y, como le había sucedido antes al criado, tambiél vio a la Muerte.
- Muerte- le dijo acercándose a ella-, por qué le has hecho un gesto de amenaza a mi criado?
- Un gesto de amenaza?- contestó la Muerte-. No, no ha sido un gesto de amenaza, sino de asombro. Me ha sorprendido verlo aquí, tan lejos de Ispahán, porque esta noche debo llevarme en Ispahán a tu criado.
Cuando descubrí la extraordinaria capacidad de la literatura para multiplicar la vida, la prodigiosa generosidad con la que me ofrecía una infinidad de aventuras, de lugares, de identidades distintas pero capces al mismo tiempo de superponerse sin conflicto alguno a mi propia identidad, al tiempo y al espacio de mi vida verdadera, me enganché a los libros con un fervor que, si una vez se identificó con la necesidad de autoafirmación de todos los adolescentes, más tarde empezó a confundirse con el puro y definitivo instinto de supervivencia de los adultos. [...] Para mí, vivir sin leer ya no sería vivir, sino arrastrar una miseria sin esperanza. Y ya sé que la afirmación que voy a hacer a continuación no goza últimamente de demasiado prestigio, pero desde luego yo he aprendido muchísimas más cosas en los libros que en la vida, hasta el punto de que parafraseando una célebre frase de Ortega, me atrevería a decir que yo soy yo y el resultado de todos los libros que he leído.
- [...] Eu pensava que ele estava morto. Para mim, é um ressucitado. Eu próprio sou um ressuscitado.- Ele olhou para Yvette. -Estive enterrado na neve durante vinte horas-disse.-E, quando me desenterraran, nem estava muito mal.
Houve uma pausa gelada na conversa.
- A vida é horrível- soltou Yvette.
- Desenterraram-me por acaso- disse ele. - Oh- disse Yvette numa voz arrastada.- Pode ser o destino, sabe. Ele não respondeu.
Acabo de leer esta novela en portugués, escrita en inglés originariamente. Es el primer libro que leo en esta lengua. Por si hiciera falta la traducción, la escribo aquí abajo. Mi nivel de portugués aún no es muy bueno, por lo que tendrá dudosa calidad. Pero bueno, espero que sirva para hacerse una idea.
- [...] Yo pensaba que estaba muerto. Para mí es un resucitado. Yo mismo soy un resucitado-Él miró a Yvette.- Estuve enterrado en la nieve durante veinte horas- dijo-. Y cuando me desenterraron, ni siquiera estaba muy mal. Hubo una pausa helada en la conversación. - La vida es horrible- soltó Yvette. - Me desenterraron, por si acaso- dijo él. - Oh- dijo Yvette arrastrando la voz- Puede ser el destino, quién sabe. Él no respondió.
Y ahora lo único que puedes oir son las gotas estrellándose en el fregadero. El grifo de la cocina está mal cerrado. Ya no oyes esa voz, su voz, que no tenía nada de especial pero que a ti te encantaba. Prefieres no pensar en la certeza de no poder escucharla nunca más. Es mejor no provocar esa suerte de angustia para la que no existe más bálsamo que las lágrimas. Tú ya no puedes llorar más.
Aunque te duele, entras en su habitación. Quieres dejar que tu mirada pasée una vez más por todas sus cosas. Ahí siguen sus libros en la estantería, su ropa en el armario, la maleta debajo de su cama. Y en el escritorio, montanhas de folios blancos y de folios garabateados, cuadernos empezados y bolígrafos sin capucha.
Es obvio que ella ya no está aquí, que se ha marchado. Ya no es solo esa tristeza tuya que no tienes dónde esconder, es el polvo que lo recubre todo. El polvo, precisamente; la senhal inequívoca del vacío, del abandono, de la ausencia. El final de todos los cuentos está recubierto, precisamente, de polvo.
Sin embargo, de entre todo lo que falta, lo que más echas de menos es su olor. Y ahora ni siquiera su habitación huele a ella. Has perdido la cuenta de los días y las noches gastados en ir dando tumbos por las calles, tratando de encontrarte, por casualidad, con alquien que lleve su colonia, con alguien que huela a ella. Buscas su olor sobre todas las cosas, pero todos tus esfuerzos son vanos. Nada huele como ella. Y de nuevo sientes esa angustia de ser incapaz de llorar más. No sabes hacerte a la idea de haber perdido para siempre ese olor que acompanhaba aquellos abrazos que hacían que tu corazón se acelerase, que tu sangre se calentara.
Ahora, Soledad se ha convertido en el dolor fantasma de tu alma. Y tú, en el polvo de la suya.
Véamos cómo reacciona Agamenón cuando su hermano es herido por una flecha en plena batalla (HOMERO, Ilíada, canto IV):
Hermano querido! Tu muerte he sancionado con juramentos, al dejarte luchar solo con los troyanos delante de los aqueos. Los troyanos te han herido y pisoteado los leales jruamentos. Pero no son baldíos el juramento, la sangre de los corderos, las libaciones de vino puro y las diestras en que confiábamos. Pues incluso si el Olímpico no lo cumple al momento, no dejará de cumplirlo, y los culpables pagarán con creces, con sus propias cabezas y las de sus mujeres y sus hijos. Pues bien sé yo esto en mi mente y en mi ánimo: habrá un día en que seguramente perezca la sacra Ilio, y Príamo y la hueste de Príamo, el de buena lanza de fresno, y en que Zeus Crónida, de sublime trono, que mora en el éter, agite personalmente sobre todos ellos su tenebrosa égida, lleno de rencor por esta felonía; eso no dejará de cumplirse. Pero para mí atroz será la aflicción por ti, Menelao, si es que mueres y colmas el hado de tu vida. Además, yo regresaría cubierto de oprobio a la sedienta Argos -pues los aqueos al instante se acordarán de la tierra patria- y dejaríamos como galardón para Príamo y para los troyanos a la argiva Helena; y tus huesos los pudrirá la tierra, y quedarás yaciendo en Troya por una empresa inacabada. Y así dirá posiblemente alguno de los arrogantes troyanos, brincando sobre la tumba del glorioso Menelao: "Ojalá Agamenón satisfaga su ira con todos igual que ahora, que ha traído aquí al ejército de los aqueos en vano y se ha marchado a casa, a su querida tierra patria, con las naves vacías y dejando aquí el valeroso Menelao!" Así dirá uno alguna vez. Que entonces la ancha tierra me trague!
QUIÉN NO DIRÍA ESTAS ALADAS PALABRAS EN UNA SITUACIÓN TAL?
A Salomé, porque ella va a entender esta entrada mejor que nadie.
Esta manhana me ha pasado algo curioso. Estaba durmiendo cuando he oido algo que me ha despertado, pero no he sabido identificar qué ha sido. No he sido capaz de encontrar alguna hipótesis, pues inmediatamente después me he vuelto a dormir. De hecho, yo creo que estaba más dormida que despierta. Pero de nuevo, al rato, imposible calcular cuánto tiempo después, ha vuelto a despertarme el mismo sonido. Tras reflexionar unos intantes he caido en la cuenta de que lo que había sonado ahora, y antes, era el timbre de la puerta. Así que me he quedado por unos momentos en la cama asimilando que alguien había llamado a la puerta y que tendría que levantarme a ver quién había sido. Me he vestido sin ninguna prisa, hay que decirlo (En determinados momentos del día es imposible hacer algo rápido), he salido de mi habitación y he abierto la puerta de fuera. El sitio en el que estoy viviendo ahora - en Évora, donde estoy de Erasmus-, es la parte superior de una casa baja, habilitada como piso independiente, así que lo que yo llamo "puerta de fuera" no es lo mismo que lo que yo llamo "puerta de la calle". El caso, que he abierto la puerta de fuera y me he quedado en la especie de porche que hay contemplando, en lo alto de las escaleras, leganhosa, despeinada y con un empanamiento del 15, la puerta de la calle. Estaba pensando en que con lo que he tardado, quien hubiera llamado ya se habría ido, cuando he visto pasar tres cartas por la rendija del buzón. Cartas. Después de más de dos semanas que llevo aquí, por fin recibo cartas. Llevaba días esperándolas. Y ahora, por una casualidad, he visto cómo atravesaban mi puerta, cómo caían, cómo sonaban al tocar el suelo. A pesar de mi adormilamiento, esta vez sí que he bajado rápido a por ellas. Judit, Noe y Salo. Las quería leer YA, así que lo único que ha retrasado el momento de la lectura han sido mis ganas de hacer pis. En realidad era justo y necesario. No olvidemos que me acababa de levantar. Una vez realizada esta tarea, he vuelto a salir fuera, a las escaleras y me he sentado el último escalón empezando por abajo, es decir, arriba del todo. Cuando no pega el sol eborense de septiembre, equiparable al sol madrilenho de junio, se está muy a gusto ahí. He cogido la primera carta, la he abierto por el lateral contrario al del sello, como si fuera un sobre de azúcar, y la he leído. Después, he cogido la segunda carta, y realizado la misma operación. Lo mismo con la tercera. Tras la primera lectura, y a pesar de mis ganas de desayunar, no he podido resistir la tentanción de leerlas todas una segunda vez... Chistes, reflexiones, confidencias, ideas... Ha sido lo mejor del día.
Nunca he recibido cartas propiamente dichas. Me han escrito cartas o notitas en el instituto de esas que se entregan en mano, me han escrito postales y tarjetas de Navidad, pero nunca cartas propiamente dichas. Y era algo de lo que tenía muchas ganas. Este medio de comunicación ya está prácticamente en desuso. Solo lo mantendrán vivo algún punhado de nostálgicos sentimentales, entre los que es posible que pueda incluirme yo. Si alguien me dijese que hay determinados temas que solo se pueden tratar por carta, yo le creería, pero habría que tener en cuenta que si esto fuese verdad, significaría que hay ciertos temas que no van a tratarse ya nunca. O al menos no van a tratarse apropiadamente.
Son muchas las ventajas de las cartas y muchos los encantos, aunque, como a todo, también se le pueda poner alguna pega... Pasamos ahora a un repaso somero:
Al menos a mí me cuesta muchísimo menos extenderme, ser descriptiva, estar más concentrada e incluso pensar mejor qué es lo que quiero poner. Además las ideas brotan con mayor facilidad. De hecho, esta entrada, aunque sea para el blog, la estoy escribiendo a mano.
Un encanto de las cartas es que están, precisamente, escritas a mano. Esto las hace más personales, pues solo con echarle un vistazo a la caligrafía con la que se ha escrito en el sobre tu dirección puedes saber quién te la envía. Y ni qué decir tiene que una vez ves el texto de la carta, no puedes dudar de a quién pertenece la autoría del mismo. Y ahondando en el tema este de lo personal, poniéndonos ya muy sentidos, se puede hasta incluir en esta lista de ventajas que los folios y el sobre que los protege, han sido tocados por la persona que te escribe.
Sin embargo, este encanto a veces supone un problema. Hablando ya en términos concretos, mis cartas suponen un problema: mi caligrafía horrible, y sobre todo, tremendamente extranha, hace, por lo que me cuentan, tarea difícil descifrar lo que escribo. De hecho, alguno me ha dicho que en cuanto vuelva a Espanha, voy a tener que leérselas. Ante esta situación, yo solo puedo decir que, aunque sinceramente, preferiría no hacerlo, en lo sucesivo y bajo petición puedo escribir en mayúsculas, algo más legibles.
Dado que, junto con el miedo que se tiene a que una carta se pierda -o el que podría tener algún arrepentido a que su carta llegara-, no encuentro por el momento ningún defecto más a la comunicación epistolar, volveré a hablar de encantos/ventajas.
Como más encantos podemos resaltar la magia de que de ciertos temas solo se hable mediante cartas, como si se hubiese creado un mundo en la correspondencia; el encanto de esperar una carta en la era de las prisas, y no de la rapidez entendida como eficacia; e incluso, aunque dudo que en esto coincida todo el mundo (Yo tengo que decir que tampoco estoy segura de coincidir del todo), chupar el pegamento del sobre y del sello. A día de hoy son pocos los que tienen unas papilas gustativas que recuerden ese sabor indescriptible.
Pero he dejado la mayor ventaja, y también el mayor encanto, para el final.
La mayor ventaja, sin duda, es que con un mínimo de recursos (Algo con lo que escribir, algo sobre lo que escribir, algo en lo que apoyarse y algo de luz), puedes escribir en cualquier parte imaginable, en cualquier momento, en cualquier circunstancia. No es lo mismo que alguien te escriba en un ciber con el ambiente contaminado de abulia que en la Praça do Giraldo de Évora al atardecer. Además, hay que tener en cuenta que de súbito nos pueden entrar unas ganas incontenibles de escribir a alguien. Y en ese preciso instante podemos estar muy lejos de un ordenador con conexión a Internet. Y no cuesta demasiado llevar siempre un boli y un papel siempre contigo (Aunque yo no lo haga, no creo que cueste mucho).
Ah, y el mayor de los encantos de las cartas consiste en su lectura, y sobre todo, en sus relecturas. Y en ir albergándolas en una cajita que conforme pasa el tiempo, va estando cada vez más llena.
Y es que, al fin y al cabo, la carta es una forma de literatura. Para algunos, escribir una carta se confunde con la creación literaria, aunque en la carta se suela "mentir" menos. Bastante menos. Se cuida el estilo, se emplean figuras retóricas... Aunque bueno, quizá esto no se haga de una manera tan consciente como puede parecer por lo que digo. Quizá solo sea cuestión de dejar que tu mano haga resbalar una bola diminuta, toda embadurnada de tinta, por un papel. Quizá de tanto leer, uno acaba escribiendo bajo la influencia de tantas novelas, de tantos cuentos, de tantos dramas, de tantas poesías... Quizá, la carta sea una forma de transformar tu vida en una antología de cuentos. Al fin y al cabo, dudo que exista un arte que se confunda más con la vida, que nos sea más útil para comprendernos un poco mejor.
Y como prueba de la influencia de lo leído, propongo dos normas para lo sucesivo extraídas Nubosidad variable, de Carmen Martín Gaite.
- Describir detalladamente el lugar en el que se está escribiendo la carta.
- No tachar nunca, salvo error ortográfico o gramatical.
Me despido aclarando que esta no es la contestación a ninguna de las cartas recibidas, que la contestación no tardará en llegar a vuestros buzones, y que tengo ganas de veros, porque sí que es cierto que las cartas tienen otra pega en la que acabo de caer en la cuenta, y es que los abrazos no caben en los sobres.
Saludos,
Rebe.
Pd. Siento el abandono temporal que ha vivido el blog, pero ahora que mi vida ya está casi en orden, continuaré actualizando con la misma frecuencia con que lo hacía antes.
Llevo tiempo buscando "Alexis Zorba, el griego" de Nikos Kazantzakis en lengua castellana. Si alguien sabe de alguna librería pereferiblemente de la Comunidad de Madrid en la que pueda encontrarlo, agradecería que me lo comunicase bien dejándome un comentario en la que sea la entrada más reciente del blog, bien mandándome un e-mail a spotglisten@gmail.com. Gracias.
Háblame, musa...
Hay quienes no pueden estar sin leer, quienes tienen que tener siempre algún libro empezado. Están a los que de vez en cuando cogen algún libro. También encontramos los que se auto-obligan a leer, no porque les entretenga, sino porque piensen que es bueno, que se gana en cultura. También encontramos los lectores hastiados, que dejaron de leer hace ya años por el asco que cogieron a los libros que les imponían en el cole y en el insti. Y por último están los que no les gusta leer, los que no se sienten atraídos por la lectura y los que no leen. A TODOS, BIENVENIDOS A "PALABRAS PARA BIBLIÓFAGOS". Así habló Spotglisten.
Existe una erótica de la lectura: todo -bueno, casi todo- entra por los ojos. Hay que abrirse como un libro, humedecerse un dedo, pasar lentamente las páginas, leer entre líneas, no saltarse el prólogo, no empezar por el final. Ya sabemos que un alto porcentaje de la población se va a la cama con un libro. O con más de uno. La pose habitual es la del misionero: el libro encima y tú debajo, recibiendo pasivamente sus acometidas, por eso a veces tienes que fingir un orgasmo o te duermes en plena faena. Sólo algunos libros te dejan encaramarte y montar sobre su lomo. Entonces te haces su amante. Una relación puramente sexual, sin descartar el sexo con amor, algún día. Eso sí, el tamaño no importa. En muchos casos, hasta es preferible que sea talla small y edición de bolsillo.
Gabriela Wiener es autora de Sexografías (Editorial Melusina). EPS 8-8-2008
Bibliófagos amateurs
La musique
Leyendo:
- Selección poética, Konstantino Kavafis.
- Extranhos en un tren, Patricia Highsmith.
Algunos de nuestros libros favoritos
Alicia a través del espejo, Lewis Carroll
Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carroll
Así habló Zaratustra, Friedrich Nietzsche
Bajarse al moro, José Luis Alonso de Santos
Caperucita en Manhattan, Carmen Martín Gaite
Carreteras secundarias, Martínez de Pisón
Carta blanca, Lorenzo Silva
Cartas persas, Montesquieu
Castillos de cartón, Almudena Grandes
Cien años de soledad, Gabriel García Márquez
Cinco horas con Mario, Miguel Delibes
Crónica de una muerte anunciada, Gabriel García Márquez
Diario de Ana Frank
Divinas palabras, Ramón María del Valle-Inclán
Drácula, Bram Stoker
Edipo Rey, Sófocles
El amante de Lady Chatterley, D. H. Lawrence
El amor en los tiempos del cólera, Gabriel García Márquez
El camino, Miguel Delibes
El capitán Alatriste, Arturo Pérez Reverte
El cumpleaños de la infanta, Óscar Wilde
El expediente H, Ismail Kadaré
El extranjero, Albert Camus
El extraño caso del doctor Jekill y Mister Hyde, Robert Louis Stevenson
El fantasma de Canterville, Óscar Wilde
El Golem, Gustave Mayrink
El gran Gatsby, Francis Scott Fitzgerald
El guardián entre el centano, Jerome David Salinger
El Jarama, Rafael Sánchez Ferlosio
El lazarillo de Tormes
El lejano país de los estanques, Lorenzo Silva
El perro de los Baskerville, Arthur Conan Doyle
El principito, Antoine de Saint-Exúpery
El profesor y la sirena, Giusepe Tomasi di Lampedusa