viernes, 26 de diciembre de 2008

Navidad en el Hudson


¡Esa esponja gris!
Ese marinero recién degollado.
Ese río grande.
Esa brisa de límites oscuros.
Ese filo, amor, ese filo.
Estaban los cuatro marineros luchando con el mundo.
con el mundo de aristas que ven todos los ojos,
con el mundo que no se puede recorrer sin caballos.
Estaban uno, cien, mil marineros
luchando con el mundo de las agudas velocidades,
sin enterarse de que el mundo
estaba solo por el cielo.

El mundo solo por el cielo solo.
Son las colinas de martillos y el triunfo de la hierba espesa.
Son los vivísimos hormigueros y las monedas en el fango.
El mundo solo por el cielo solo
y el aire a la salida de todas las aldeas.

Cantaba la lombriz el terror de la rueda
y el marinero degollado
cantaba al oso de agua que lo había de estrechar;
y todos cantaban aleluya,
aleluya. Cielo desierto.
Es lo mismo, ¡lo mismo!, aleluya.

He pasado toda la noche en los andamios de los arrabales
dejándome la sangre por la escayola de los proyectos,
ayudando a los marineros a recoger las velas desgarradas.
Y estoy con las manos vacías en el rumor de la desembocadura.
No importa que cada minuto
un niño nuevo agite sus ramitos de venas,
ni que el parto de la víbora, desatado bajo las ramas,
calme la sed de sangre de los que miran el desnudo.
Lo que importa es esto: hueco. Mundo solo. Desembocadura.
Alba no. Fábula inerte.
Sólo esto: desembocadura.
¡Oh esponja mía gris!
¡Oh cuello mío recién degollado!
¡Oh río grande mío!
¡Oh brisa mía de límites que no son míos!
¡Oh filo de mi amor, oh hiriente filo!

New York, 27 de diciembre de 1929, Federico García Lorca.

Este poema, como algunos ya sabrán, está extraído de Poeta en Nueva York. Todos ellos fueron escritos dicha ciudad norteamericana, entre 1929 y 1930, época en la que el poeta vivió como estudiante en Columbia University. El libro está dividido en 10 partes. Navidad en el Hudson en concreto, lo encontramos dentro de la parte tercera, titulada Calles y sueños, dedicada a un tal Rafael R. Rapún, e introducida con el siguiente paratexto de Vicente Aleixandre:

Un pájaro de papel en el pecho
dice que el tiempo de los besos no ha llegado.

Considero difícil lanzarse a la interpretación de la obra, pues al ser un claro ejemplo de poesía surrealista -recordemos que junto a Alberti y Cernuda, Lorca es el máximo representante de este estilo vanguardista en España-, por ser sumamente subjetiva. Sin embargo, en una entrevista en 1930, Lorca nos dio alguna clave para guiarnos algo en la comprensión de sus versos:

Es un poema. Y en él la visión es abstracta. Lo pintoresco está suprimido... Ni trenes, ni rascacielos, ni aeroplanos, no agotadora circulación de venas urbanas. ¡Nada de eso! A penas si cito el nombre y los lugares de la ciudad. [En cambio] hay terror y punzante alegría y otras veces crueldad, pero no ironía ni burla.

Son muchas las interpretaciones que se pueden hacer, ya centrándonos en Navidad en el Hudson. Piero Menarini, por ejemplo, propone que Lorca se identifica con Cristo por el martirio que el primero está sufriendo y que el segundo sufrió. También he leído otra interpretación en la que se enfoca el problema como una manera de reflejar el trato que reciben y el comportamiento que tienen los homosexuales en Nueva York (Esta idea se apoyaría identificando "marineros" con "homosexuales").

Tras estas palabras yo encuentro soledad ("el mundo solo"), agobio y angustia (A quién en Navidades no le agobia ver la casa llena, se angustia por tenerla vacía). Y sobre todo una crítica a la deshumanización de las grandes ciudades ("Son los vivísimos hormigueros y las monedas en el fango").

Sin embargo, como la poesía es libre, y es imposible saber, con todos los matices, qué significó para el gran Federico esta poesía, que cada cual lo interprete como quiera y saque sus conclusiones. Y si las deja escritas en una parrafada mejor que mejor.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Hacen falta mentiras

No me gustaría abusar de la confianza de la única y verdadera artífice de este blog pero es que cuando me pongo con algo...
...confieso ser una de esas personas a las que la navidad las pone meláncolica ¿y que mejor para una tarde de nochebuena que releer cosas escritas hace tiempo? Aquí comparto con vosotros un pequeño relato que ya fue publicado con anterioridad en otro blog...va de familias, como la navidad...

Estaba agotada. El viaje había sido muy intenso. Había puesto muchas ilusiones en él y al final nada había salido como yo esperaba, todo se había torcido o quizá no, quizá todo había ido exactamente como tenía que ir. La vida es así de inesperada. Tú planeas algo, sueñas con ello, imaginas como será el encuentro y luego tienes que ver como todos tus planes se desmoronan sin poder hacer nada. ¿Podría haber hecho algo? ¿Podría haberle contado la verdad? ¿Y qué si lo hubiera hecho? Seguramente no guardar el secreto habría alterado los acontecimientos de la historia pero ¿habría alterado también nuestros sentimientos?

Tenía que hacer una llamada, tenía que llamarla y contarle algo. Disfrazaría un poco la verdad. Contaría que cuando nos vimos él me reconoció, supo quien era y se alegró de que hubiera ido a buscarle. Pasamos una semana fantástica, poniéndonos al día, contándonos que habíamos estado haciendo todo este tiempo en el que no nos conocíamos, en el que no habíamos podido estar juntos...Contaría que estuvimos en el parque de atracciones y en el zoo...Que disfrutamos mucho de la semana y que prometimos volver a vernos...

De: Luis Romero (rmr.luis@hmail.com)
Para: Amanda Álvarez (amanda.alvarez@hmail.com)
Asunto: Volver a verte

¿Cómo estas Amanda? ¿Qué tal la vuelta a casa? La verdad es que no se muy bien como empezar...Mira, yo no sé que te trajo a Madrid, eres siempre tan misteriosa...pero fuera lo que fuera me alegro de que llegaras a mi. Quizá para ti todo esto no haya sido más que una aventura sin importancia y quizá para mí también al principio, o eso quise creer. Sin embargo, no es así, Amanda, tu no has sido sólo un aventura, tu has sido mucho más...Sé que esto es una locura, sé que estoy casado, que tengo una familia, que tu eres mucho más joven que yo, que no tengo mucho que ofrecerte..pero esta semana a tu lado ha sido fantástica, hacía tiempo que no me sentía tan vivo...Quiero volver a verte, necesito volver a verte, quiero pasar el resto de semanas de mi vida a tu lado y quiero que vayamos juntos otra vez al parque de atracciones y sentir de nuevo el vértigo, ese vértigo que eres tú quien lo provocas y no la altura, porque me das vértigo, tan joven, tan guapa, con tanta energía...y quiero ir al zoo todas las semanas a dar de comer a los animales y a contarte historias sobre ellos mientras tu me miras con la boca abierta...y quiero abrazarte y besarte y acariciarte y entrar en ti una y otra vez y quedarme allí para siempre...No sé, Amanda, entiendo que esto que te propongo quizá sea demasiado bonito para ser real, quizá me estoy volviendo loco, quizá sea una crisis propia de la vejez que acecha contra mi...pero sé que tú también sientes lo mismo, lo sé...esas cosas se saben...démonos una oportunidad, ven a Madrid o pídeme que vaya yo...lo dejaré todo por ti. Un beso. Luis.

Lo releí mil veces. Después apagué el ordenador, me fumé un cigarro y me dispuse a hacer esa llamada.
- ¿Sí?
- hola, ya he vuelto
- hola cariño, ¿qué tal? ¿Cómo ha ido todo?
- bueno, la verdad es que no imaginé que fuera así
- te dije que no debías ir, es una mala persona ¿qué hizo? ¿Te dijo que era mentira, verdad? ¿Te dijo que yo te había mentido?
- no, no es eso
- ¿entonces? ¿Por qué estas tan desanimada?
- que va, si no estoy desanimada, sólo que esperaba que las cosas fueran diferentes - ¿y qué esperabas hija? ¿Que te recibiera con los brazos abiertos y te llevara a su casa a presentarte a tus hermanos?
- déjalo mamá, ya te contaré mas detenidamente como fué todo...pero es posible que vuelva ¿sabes? quiere conocerme mejor, recuperar el tiempo perdido...Esas cosas...ya sabes...
- no creo que debas, ya te conté la historia, ya has ido, ya le has conocido ¿que más quieres? tu familia está aquí, Amanda
- lo sé, mamá, lo sé, mi familia está aquí

Después de colgar, me fumé otro cigarrillo y encendí de nuevo el ordenador.

De: Amanda Álvarez (amanda.alvarez@hmail.com)
Para: Luis Romero (rmr.luis@hmail.com)
Asunto: Tenemos que hablar

Hola Luis! Necesito un par de días para solucionar algunas cosas pero después volveré a Madrid, yo también quiero verte. Pero tenemos que hablar, es importante. Quizá lo que tengo que decirte cambie el curso de los acontecimientos...pero quiero que sepas que yo también deseo estar contigo, también deseo pasar el resto de semanas de mi vida a tu lado y quiero ir todos los días al parque de atracciones y al zoo..Y quiero que me abraces y que me beses y que me acaricies..Y quiero que te quedes para siempre dentro de mi...Te quiero, Luis...Y si después de lo tengo que contarte tu sigues queriendo estar a mi lado...entonces ya no habrá nada que nos separe...Nos vemos en unos días. Te avisaré en cuanto llegue.Un beso. Amanda

Apagué el ordenador, me tendí en la cama y dejé que mi memoria retrocediera una semana.


martes, 23 de diciembre de 2008

Palabras de mujer

En el cuento como género el efecto final es fundamental. En Te entrego, amor, la mar, como una ofrenda de Carme Riera, este sorprendente efecto final nos condena a vivir una primera lectura única e irrepetible del cuento. Por este motivo, tan sólo puedo recomendaros su lectura sin deciros absolutamente nada más...no seré yo quien prive a nadie del privilegio de esa fabulosa lectura virgen...solo unos datos para picaros la curiosidad:

Te entrego, amor, la mar, como una ofrenda es un relato en primera persona dirigido a un TÚ en la distancia (el espacio es la distancia y el tiempo es la separación entre el "entonces" y el "ahora"). Vemos como el tiempo de la escritura está tratando de poner orden en el sentido de la vida, está tratando de ponerle nombre al amor, al amor del que nunca hablamos..

Nunca más

Un mensaje. Ahora te manda un mensaje. Ni siquiera es capaz de llamarte. Piensas en no leerlo, en borrarlo directamente. Pero no lo haces, tú nunca haces esas cosas. “Hola cariño, hoy no voy a podr ir a casa. Estoy ocupada, ya sabes...mñn te llamo. Un beso”. Ocupada. ¿Ocupada en qué? Al menos sé sincera y di la verdad. Se lo dirías a ella pero no tiene sentido, no tiene sentido preguntar algo que ya sabes, algo que sabes desde el principio. Hiciste un trato, hiciste un trato contigo misma: no preguntar, no preguntar nunca para mantenerla a tu lado, para no perderla del todo, mejor no saber...Pero cada vez es más difícil, cada vez te cuesta más besarla cuando llega a casa después de estar con ella. Ya no habláis. Ya no tenéis nada que contaros y lo peor de todo es que ya ni siquiera sabes si alguna vez lo tuvisteis. Al principio tampoco hablabais mucho pero no hacía falta, os sobraban besos y caricias y os comunicabais a través del contacto de vuestros cuerpos, ahora no. Ahora la besas por inercia, ahora las caricias son forzadas, son gestos que aprendiste de memoria cuando aún buscabas su mirada por todas partes y que ahora repites mecánicamente, sin pensarlo, como esas parejas a las que siempre has mirado por encima del hombro al ver como se besan en público cuando uno de los dos llega adonde está el otro, como si necesitasen demostrar que se quieren, que todo el mundo vea que están juntos, que son felices; pero tu siempre has pensado que el amor se ve, que el amor se ve sin necesidad de esos besos vacíos de sentimiento, que se repiten una y otra vez en todas las parejas del mundo siempre que uno de ellos se reencuentra con el otro. Vosotras no lo necesitabais, no necesitabais demostrar al mundo que os queríais porque simplemente era así, y os bastaba con estar juntas. El amor siempre fue suficiente.

Relees el mensaje. Y contestas: “¿ocupada? Sé que estás con ella y yo ya no aguanto más. Si no vas a venir hoy, no vengas nunca más”
Nada más mandarlo ya te has arrepentido. Tú siempre te arrepientes de todo lo que haces y de todo lo que dices. Quizá si hubieras sido más dura al principio esto no habría pasado, quizá te habría elegido a ti. Pero elegiste hacer como si no pasara nada. Elegiste ser comprensiva. Pensaste que para ella tampoco debía ser fácil. Y al final, te encuentras dándole un ultimátum que seguramente le suene a chino, es probable que piense que te has vuelto loca, ¿por qué si nunca has dicho nada ibas a hacerlo ahora? La verdad es que no tiene mucho sentido. Pero la verdad también es que lo vuestro ya no tiene mucho sentido. Y aún así tienes miedo, tienes miedo de que no venga hoy y de que no vuelva nunca.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Romancero Gitano

Quiero compartir con vosotros uno de los grandes poemas de Lorca. No voy a decir que sea de mis favoritos porque creo que me gusta casi todo lo que escribió este gran genio granadino.

MUERTE DE ANTOÑITO EL CAMBORIO

a José Antonio Rubio Sacristán


Voces de muerte sonaron
cerca del Guadalquivir.
Voces antiguas que cercan
voz de clavel varonil.
Les clavó sobre las botas
mordiscos de jabalí.
En la lucha daba saltos
jabonados de delfín.
Bañó con sangre enemiga
su corbata carmesí,
pero eran cuatro puñales
y tuvo que sucumbir.
Cuando las estrellas clavan
rejones al agua gris,
cuando los erales sueñan
verónicas de alhelí,
voces de muerte sonaron
cerca del Guadalquivir.

*

Antonio Torres Heredia,
Camborio de dura crin,
moreno de verde luna,
voz de clavel varonil:
¿Quién te ha quitado la vida
cerca del Guadalquivir?
Mis cuatro primos Heredias
hijos de Benamejí.
Lo que en otros no envidiaban,
ya lo envidiaban en mí.
Zapatos color corinto,
medallones de marfil,
y este cutis amasado
con aceituna y jazmín.
¡Ay Antoñito el Camborio
digno de una Emperatriz!
Acuérdate de la Virgen
porque te vas a morir.
¡Ay Federico García,
llama a la Guardia Civil!
Ya mi talle se ha quebrado
como caña de maíz.

*

Tres golpes de sangre tuvo
y se murió de perfil.
Viva moneda que nunca
se volverá a repetir.
Un ángel marchoso pone
su cabeza en un cojín.
Otros de rubor cansado,
encendieron un candil.
Y cuando los cuatro primos
llegan a Benamejí,
voces de muerte cesaron
cerca del Guadalquivir.

Federico García Lorca, 1928

martes, 16 de diciembre de 2008

Baudelaire y lo sublime de la poesía


Lo cierto es que debería leer más poesía. Apenas he leído lo más básico. Sin embargo, me he propuesto leer más, abrir todas esas antologías que tengo en mis estanterías y empaparme de versos. Y es que hoy particularmente, he leído algo que me ha hecho motivarme aún más para acercarme a la poesía.

En mi asignatura de Tradición Clásica estamos viendo las distintas bajadas al infierno que hay en la literatura occidental, y hoy han tocado las protagonizadas por los simbolistas franceses y por mi admirado Oscar Wilde. Sin embargo, de este último ya hablaré otro día. Hoy quiero dedicar esta entrada a Charles Baudelaire (1821-1826), pues hemos leído un poema de él, La carroña, extraído de Las flores del mal, que me ha parecido en sí mismo un gran motivo para acercarse a la poesía.

Desde luego, toda La carroña deja clara la genialidad de Baudelaire, pero quiero transcribir una estrofa que me ha parecido espectacular por su sublimación del lenguaje y por su dominio de la retórica.

Y las formas se borraban y sólo eran un sueño,
un esbozo lento en venir,
sobre la tela olvidada, y que el artista acaba
solamente para el recuerdo.

Sencillamente perfecto.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Sin noticias de Gurb, Eduardo Mendoza


Esta novela, que se fue publicando por partes en El País en los noventa, trata de un alienigena de la galaxia de Anteres que llega a Barcelona en busca de su compañero de trabajo y amigo Gurb. En su estancia en el planeta tierra tendrá que conseguir no desentonar físicamente (Para ello va adquiriendo la apariencia de varios personajes que van desde el Conde-Duque de Olivares hasta Paquirrín, pasando por José Ortega y Gasset). Por supuesto, también se comportará como uno más a la hora de buscar piso, trabajar, e incluso, ligar.

En un lenguaje coloquial y sencillo, y con un estilo ágil, este escritor catalán, tan reconocido por obras como La verdad sobre el caso Savolta o El laberinto de las aceitunas, ha conseguido un libro desternillante para todo aquel que le guste el humor absurdo. Además, el formato de división, tan desgranado, que presenta el libro lo hace ideal para amenizar los trayectos en transporte público de nuestra vida diaria. Eso sí, se corre el riesgo de atraer las miradas de los demás pasajeros a causa de la risa que provoca la lectura de este libro.

Es difícil hacer un libro realmente bueno dentro del género de humor, sin embargo, Eduardo Mendoza nos ha demostrado que él sí que es capaz.

domingo, 7 de diciembre de 2008

Safo, la décima musa


Mitilene, en la pequeña isla de Lesbos, de la cual convirtióse en capital, era famosa por sus comercios, por sus vinos y por sus terremotos.

También ella comenzó, como todos los demás Estados helénicos, por una monarquía que después se convirtió en oligarquía aristocrática, hasta que una coalición de burgueses y propietarios la derribó instaurando la democracia a través del acostumbrado dictador. Este fue Pitaco, que después tuvo el honor de verse alineado al lado de Solón en la lista de los Siete Sabios. Era un hombre tosco, valeroso, honesto y animado de las mejores intenciones, pero sin demasiados escrúpulos en la elección de los sistemas para realizarlas. No se limitó a echar a los patricios del poder: mandó a muchos de ellos al destierro. Y entre éstos, también a dos poetas: uno varón, Alceo; y otro hembra, Safo.

Por lo que respecta a Alceo, no vacilamos en creer que subsistiesen buenos motivos políticos. Era un joven aristócrata, turbulento y fanfarrón, con cierto talento para el libelo y la calumnia, una especie de "escuadrista" a lo Malaparte. Caminaba abomban-do el pecho y no perdía ocasión para impresionar a la gente. Pero, como siempre ocurre a los petulantes, cuando se trató de combatir de veras y de arriesgar el pellejo, tiró el escudo, echó a correr y no volvió a encontrar su valor más que para componer una poesía loando sus propias gestas y presentándolas como manifestación de sensatez y de modestia.

El exilio le favoreció porque, haciéndose evaporar de la cabeza sus ambiciones políticas, le dio su verdadera dimensión, obligándole a aceptar su propia naturaleza, que no era la de un hombre de Estado, legislador o guerrero, sino la de un archiliterato más constituido para exaltar empresas ajenas que para llevar a cabo las propias. Era un virtuoso de la poesía e inventó una métrica personal, que más tarde fue precisamente llamada "alcaica" por su nombre. Y probablemente habría pasado a la posteridad como el más gran poeta de su tiempo —el tercero después de Hornero y de Hesíodo—, si no hubiese tenido la desventura de ser contemporáneo de su compañera por parte de política y de exilio: Safo. De esta curiosa y fascinante mujer, que se asomó a la celebridad como una especie de Françoise Sagan de hace dos mil quinientos años, Platón escribió: "Dicen que hay nueve Musas. ¡Los desmemoriados! Han olvidado la décima: Safo de Lesbos." Y Solón, que había conservado la nostalgia de la poesía porque era la única cosa que no había conseguido hacer, cuando su sobrino Esecéstides le hubo leído una de aquélla, exclamó: "¡Ahora puedo incluso morir!" Ella fue la "poetisa" por antonomasia, como Homero era por antonomasia "el poeta".

Había nacido a fines del siglo VII antes de Jesucristo, al parecer en 612, en Ereso, una pequeña ciudad cercana a la capital. Pero sus padres, que eran nobles y acomodados, la llevaron de pequeña a Mitilene, precisamente en el momento en que Pitaco iniciaba allí su afortunada carrera. ¿Estuvo ella verdaderamente implicada en la conjura para derrocar al dictador? Nos parecería un poco extraño. Por bien que perteneciese a un ambiente noble donde las mujeres contaban por algo y no tenían que ocuparse tan sólo en la lana que tejer y en los platos que aderezar —como sucedía en la burguesía y más aún en el proletariado—, ello no nos sugiere la idea de una política de intriga. Sus ambiciones debían de ser muy otras y de carácter más femíneo.

No parece que fuese muy bella. Frágil y menuda de cuerpo, semejaba un carboncillo encendido por mor de la piel, el pelo y los negrísimos ojos. Mas, como todos los carboncillos encendidos, ardía ante cualquiera que se le acercase. Tenía, en suma, aquello que hoy se llama sex-appeal y aquella falta de cerebro y de sensatez que en las mujeres y los niños constituye una fascinación irresistible. Ella misma se proclamaba "una cabecita casquivana" y reconocía tener "un corazón infantil". Y aun esto no nos permite verla como una Aspasia o una Cornelia.

Más que la política fue sin duda la moralidad lo que aconsejó a Pitaco determinarse a confinarla en la vecina ciudad de Pirra. El dictador era, como todos los dictadores, austero, y Safo debía de haber cometido algún estropicio, no obstante la digna y vaga-mente retórica respuesta que había dado a Alceo, quien le escribió una carta galante, lamentando que el pudor le impidiese decirle lo que quería decirle. "Si tus deseos, Alceo, fuesen puros y nobles y tu lengua adecuada para expresarlos, ningún recato te impediría hacerlo." Pero se trataba de literatura, entre dos que sabían que sus escritos llegarían a la posteridad. Pues Alceo, en realidad, de recato tenía poco. Y Safo, ninguno. El compuso aún algunos versos más en honor de ella, que no los cambió. Y todo acabó ahí. Por lo demás, los poetas no suelen casarse entre sí. Se limitan a odiarse de lejos.

Apenas había regresado del exilio en Pirra, cuando Pitaco la echó de nuevo, esta vez a Sicilia. Pero aquí casó con un industrial rico, como sucede a las "divas" de todos los tiempos, que eligen por marido a un caballero millonario. Y tuvo una niña "que no cambiaría —escribió— por toda la Lidia y ni siquiera por la adorable Lesbos". El industrial, después de habérsela dado, cumplió también con el postrero de sus deberes de buen marido: la dejó viuda y dueña de toda su hacienda. "Necesito del lujo como del sol", reconoció ella lealmente. Y volvió a gozar de uno y otro en Lesbos, adonde después de cinco años de confinamiento pudo regresar rica y sin compromisos conyugales.

Disfrutó de ello ampliamente a lo que parece. Primeramente, además de la hijita, dedicóse con maternal afecto al hermanito Carasso. Mas éste la decepcionó enamorándose de una cortesana egipcia. Safo, emotiva y mujer que era, tuvo un ataque de celos, le arañó y no quiso volver a verle. Después instituyó un colegio para muchachas en el que se inscribieron desde el principio todas las de la mejor sociedad de Mitilene. Ella las llamaba "hetairas", o sea "compañeras", les enseñaba música, poesía y dan2a, y fue, según parece, una maestra incomparable. Pero luego empezaron a cundir extraños rumores sobre las costumbres que ella introdujo en aquella escuela. Y un día, los padres de una hetaira llamada Atti acudieron, con el rostro ensombrecido, a llevarse a su hijita, que era justamente la preferida de la maestra.

Esta desdicha de Safo fue, para la poesía, una gran suerte, pues el dolor de la separación inspiró a la poetisa algunos de los mejores versos de la lírica de todos los tiempos. El Adtosa Attt sigue siendo un modelo por la sinceridad de la inspiración y la sobriedad de la forma, y demuestra que -desgraciadamente-para la buena poetisa no son necesarios en absoluto los buenos sentimientos. En su "agridulce tormento», como ella lo llamo, cada cual puede reconocer los propios.

Como sucede con frecuencia a las pecadoras. Safo tuvo una vqez muy decorosa y casi edificante. Según una leyenda, creída y recogida por Ovidio, ella recomenzó a amar a los hombres, perdió la cabeza por el marino Faone y, no correspondida por éste, se mato precipitándose desde un peñón de Leuca. Pero parece ser que la Heroína .de esta tragedia fue otra Safo, una cortesana. Un fragmento de sus prosas, descubierto en Egipto, nos la presenta en cambio muy diferente y serenamente resignada. Es su respuesta a una petición de matrimonio: «Si mí pecho pudiese aun dar jugo y mi regazo frutos, me encaminaría sin temblar hacia un nuevo tálamo. Pero el tiempo ha grabado ya demasiadas arrugas en mi piel y el amor no me acosa más con la fusta de sus exquisitas penas.» Y en otra frase, difundida a los siglos: Irremediablemente, como la noche estrellada sigue al rosado ocaso, la muerte sigue a toda cosa viviente, y al final la arrebata.

Por razones morales la posteridad fue severa para con Safo. Hace novecientos años, la Iglesia condenó a la hoguera su obra, reunida en nueve volúmenes. Fue por casualidad, a fines del siglo pasado, que dos arqueólogos ingleses descubrieron en Oxiconnco algunos sarcófagos envueltos en tiras de pergamino, en una de las cuales eran aún legibles seiscientos versos de Safo.

Es todo lo que nos queda de ella, pero basta para catalogarla entre los más grandes poetas, acaso el más grande, del siglo vi, como por lo demás la consideraron unánimemente sus contemporáneos y, lo que es más extraño hasta sus rivales. Entre estos últimos los había de buena calidad, como Mimnermo. Pero acaso el único que puede parangonársele fue Anacreonte, excelente artesano de la rima, pero carente del apasionamiento y del ímpetu Imco que constituyen el hechizo de Safo. Anacreonte era un poeta de Corte, a quien le agradaba estar entre señores y hacerse mantener. Nació en Teo y cuidó sobre todo de vivir bien. Lo consiguió, pues vivió hasta los ochenta y cinco años, y seguramente hubiese llegado a los cien si un gajo de uvas no se le hubiese atragantado, ahogándole. Para evitarse disgustos no se comprometió jamás en nada: ni en política, ni en amor. Pero precisamente esto impide a su poesía el meterse dentro de la piel de sus lectores. Está magníficamente construida desde el punto de vista métrico. Y ha constituido un modelo: precisamente el de las odas "anacreónticas". Mas, a diferencia de Safo que pagó con exceso toda su inspiración con goces y tormentos extenuadores, para Anacreonte la poesía fue sobre todo, si no únicamente, un oficio. Como Vincenzo Monti, escribía con facilidad, comía con apetito, bebía en abundancia y no tenía problemas sentimentales ni casos de conciencia. Dícese que de viejo se enamoró en serio y que aprendió a conocer el sufrimiento de los celos. Pero era ya demasiado tarde para renovar en él su musa ligera, cuyo egoísmo le había impedido el calar hondo en los sentimientos humanos.



Extraído de Historia de los griegos, de Indro Montanelli. Círculo de lectores (Plaza & Janés), Barcelona, 1963.