martes, 16 de junio de 2009

Háblame, musa: tres poemas contemporáneos inspirados en la Grecia Antigua







Circe esgrime un argumento, Silvia Ungidos

Si regresas, Ulises,
encontrarás allí en Ítaca una mujer cobarde:
Penélope ojerosa
que afanosa y sin saberlo
le teje y le desteje una mortaja
al amor. Ella pretende
aferrarse y aferraros a lo eterno.
Si regresas
hacia un destino más infame aún
que éste que yo te ofrezco
avanzas si vuelves a su encuentro.
Más enemigos del amor y de la vida
que mis venenos
es vuestro matrimonio, vil encierro.
Quédate, Ulises: sé un cerdo.


(De «Las pruebas del delito»)




El dios abandona a Antonio, Konstantino Kavafis

Cuando a medianoche se escuche
pasar una invisible comparsa
con música maravillosa y grandes voces,
tu suerte que declina, tus obras fracasadas
los planes de tu vida que resultaron errados
no llores vanamente.
Como un hombre preparado desde tiempo atrás,
como un valiente
di tu adiós a Alejandría, que se aleja.
No te engañes
no digas que fue un sueño.
No aceptes tan vanas esperanzas.
Como un hombre preparado desde tiempo atrás,
como un valiente
como corresponde a quien de tal ciudad fue digno
acércate con paso firme a la ventana,
y escucha con emoción -no con lamentos
ni ruegos de débiles- como último placer,
los sones, los maravillosos instrumentos
de la comparsa misteriosa
y di tu adiós a esa Alejandría
que pierdes para siempre.


Al modo de Y.S., Yorgos Seferis

Donde quiera que viaje Grecia me duele.

En el Pelión entre castaños la túnica del Centauro.
Se escurría entre las hojas envolviendo mi cuerpo
mientras subía la pendiente y me seguía el mar
subiendo él también como el mercurio de un termómetro
hasta que dimos con las aguas de la montaña.
Palpando en Santorín islas que naufragaban
mientras oía tañer un caramillo en algún punto de los roquedales de púnez.
Un dardo lanzando súbitamente
de los confines de una juventud eclipsada
dejó clavada mi mano en la borda.
En Micenas levanté piedras ciclópeas y los tesoros de los Atridas
y me acosté con ellos en el albergue de "La Belle Hélène de Ménelas"
desaparecieron solo al alba cuando gritó Casandra con un gallo colgado de su cuello negro.
En Speches en Poros en Miconos
me atormentaron las barcarolas.

¿Qué pretenden todos esos que dicen
encontrarse en Atenas o en el Pireo?
Uno viene de Salamina y pregunta a otro si "si viene de Omonia".
"No, vengo de Síndagma- responde satisfecho-,
me encontré a Yanis y me convidó a un helado".
Entretanto Grecia sigue su viaje.
No sabemos nada, no sabemos que todos somos marineros en tierra,
no conocemos la amargura del puerto cuando zarpan todos los barcos.
Nos reímos de aquellos que la sienten.

Curiosa gente que dice encontrarse en el Ática y no está en ninguna parte.
Compran peladillas para sus bodas
tienen "crecepelos", se hacen fotografías,
como el hombre que he visto hoy sentado ante un fondo con flores y pichones,
dejaba que la mano del viejo fotógrafo le alisara las arrugas
que habían dejado en su rostro
todas las aves del cielo.

Entretanto Grecia sigue su viaje, su viaje sin cesar
y si "vemos florecer de cadáveres el Egeo",
son aquellos que quisieron ganar a nado el gran barco,
aquellos que se hartaron de aguardar los barcos que no zarpan
el ELSA, el SAMOTRACIA, el AMBRÁCICO.
Silban los barcos ahora que cae la tarde en el Pireo,
silban sin cesar, silban pero ningún cabestante se pone en marcha
ninguna cadena brilla empapada con la última cruz que muere,
el capitán está petrificado en blanco y oro.

Dondequiera que viaje Grecia me duele:
un telón de montañas, archipiélagos, granito desnudo...
El barco en el que viajo se llama AGONÍA 937.